Dos semanas. Eso es lo que ha pasado desde que aterricé en el JFK y me tomé mi primer café americano. Dos semanas de aclimatamiento a una ciudad que no deja de sorprenderme, pero que cada vez siento más cercana. Quince días, aunque parece que haga mucho más. Lo importante es el proceso de adaptación, y lo cierto es que creo que lo llevo mejor que bien. ¿Por qué? Muy fácil:
- Estar a -2º C es una temperatura primaveral. No hace frío. Cuando, como hoy, la temperatura más alta del día se sitúa a -8 y la mínima a -14, sí, uno tiene que abrigarse y taparse, sobre todo, las orejas, pero he descubierto que puede ser peor: aún no ha llovido ni ha nevado con consistencia. El viento en Manhattan es peor que en ninguna parte: los rascacielos hacen de cuchillas de afeitar. Es bueno saber que aún vendrán cosas peores. La mentalización es un plus.
- Hablando de temperatura, empiezo a habituarme a los grados Farenheit. ¡Bien! Ahora, las medidas de todo tipo es algo más que complicado: inches, feet, gallons, onzes… Me falta en los genes.
- El tema calles y avenidas, dominado. De la 1 hacia abajo, ya es otro tema… Pero para algo hay mapas.
- Bebo café americano sin azúcar compulsivamente y me he comprado uno que sabe a avellana y es el que tomo en casa todos los días antes de ir al trabajo. ¿Quién dijo expresso?
- Como sobre la una y media sentado ante la pantalla del ordenador y trabajando… cual americano venido al mundo.
- El conductor del autobús ya me da los buenos días, pero tal cual: “Buenos días”, en español. Además, ya sé localizar mi calle en mitad de la noche desde el autobús y no me da vergüenza gritar “En la 77″, para que me dejen en casa. Ah, y ya no me pierdo en el metro; finalmente no es tan complicado.
- He hecho mi primera colada en EE.UU. Genial. No resultó cara (unos 6$) y me hizo sentir parte de la comunidad. La lavandería de North Bergen, como el resto del pueblo, está llena de hispanos y hasta dan conversación. La dependienta de la tienda, una brasileña, me tomó por brasileño. Sí, a mí, aunque cueste creerlo; pero me ayudó en todo y hasta me dobló las sábanas mientras me explicaba que tiene una sobrina en Barcelona. Lo mejor de la tipa, las siguientes frases: “¿Cómo se le ocurre dejar España y venir a Estados Unidos” -con una magnífica cara de asco o de inmigrante maltratada por los tipos de inmigración del aeropuerto- y “Me encanta España y lo que me encantaría es aprender a bailar sevillanas”. Tal cual.
- Me he comido mi primera hamburguesa estadounidense. Pedazo de carne serrvida con champiñones, queso chedar y acompañada por ensalada y patatas fritas. Los aros de cebolla son opcionales. La mejor hamburguesa que he probado en mi existencia como tragón mayor del reino. Chumley’s no me defraudó y doy las gracias al catalán que me llevó. Se trata de un antiguo “speakeasy” del West Village, un bar clandestino durante la ley seca, que sigue estando literalmente escondido tras una fachada que no hace presagiar el magnífico pub que esconde.
- Ya estoy acostumbrado a las bebidas de moda Apple Martini y Vodka&Cramberry. El viernes salí por fin y pude degustar lo que se bebe en esta ciudad en algún que otro sitio más propio de Diagonal en amunt que de Raval, para que nos entendamos. Los precios, ejem, entre los 6$ del bar más cutre y los 12, 15 o 18$ del más refinado. Gracias a esto, he descubierto que siempre va mejor traducir a euros.
- He tomado el primer “brunch”. O lo que es lo mismo, la mezcla entre desayuno (breakfast) y almuerzo (lunch) que se estila comer los domingos. Los huevos, las patatas y la carne están siempre presentes, acompañados por café o te, ensalada de fruta y, lo mejor, la mimosa (cocktail de champán que debe funcionar contra la resaca).
- He asistido a un concierto en el Radio City Music Hall. Brutal. Ennio Morricone no defarudó a nadie. A veces, esto de ser periodista tiene la ventaja de que te inviten a estas cosas. El lugar es alucinante. Precioso, muy art-déco, te traslada a los años treinta… La del sábado, fue una noche estupenda bajo las estrellas del escenario del Radio City y escuchando la música de “La Misión”. Tuvo también su parte sorprendente. ¿Quién ha vendido ya todas sus entradas para el concierto que darán en marzo? Los Gipsy Kings. Flipa que te flipa.
- He estado en Tiffany’s -ni sonaba “Moonriver” ni yo desayunaba ante el escaparate-, en la tienda Apple -para flipar con su entrada a lo Louvre-, y en la maravillosa tienda de juguetes FAO Schwarz -quiero volver a ser un niño-.
- Visité Wall Street, la Zona Cero y Staten Island, desde donde se ve preciosa la Estatua de la Libertad. De esto ya se verán fotos.
- He mirado los precios del Ipod. No eres nadie sin uno. Promised.
Más, más adelante.